48 horas en el Desierto Florido

Día 1

Desde La Serena se puede llegar en pocas horas a presenciar el milagroso evento natural que significa el Desierto Florido. El fenómeno que atrae a miles de visitante no ocurría desde hace dos años pero las diferencias son sustanciales: este año llovió lo mismo que en 1997, época que se recuerda como una de las más vistosas en flores.

Durante todo el mes de septiembre se podrá observar el máximo esplendor del desierto de Atacama vestido de colores.

En dos jornadas se puede ir desde la cuarta región hasta la altura de Copiapó, alrededor de 350 kilómetros hacia el norte, cruzando por pequeños poblados litorales con grandes atractivos naturales durante el día y una noche en que sólo el sonido del mar arrulla el sueño.

La ruta se inicia temprano y enfila hacia Caleta Hornos, en la comuna de La Higuera y a sólo 36 km de La Serena. El camino hacia la costa ha pasado, gracias a las lluvias, de su sequedad habitual a un verdor impresionante que acompaña el paso por la localidad de Chungungo y también por el cruce de la antigua mina de El Tofo. Caleta Hornos cuenta con una gran playa, con posibilidades de un baño en el mar o de pescar desde la orilla, además de saborear la tortilla de mariscos, especialidad del lugar.

Avanzando hacia el norte se llega a la Quebrada de Los Choros, habitualmente poblada de cactáceas ahora comparte su geografía de montes con centenas de coloridas flores. ¡Es el inicio del desierto florido! Nombres como suspiro, patas de guanaco, terciopelos, cacatúas, huilles, suspiros de campo, amancay, azulillos, coronas de fraile, malvillas, añañucas rojas, blancas y amarillas, comienzan a repetirse y familiarizarse en la mirada y la mente.

La quebrada da paso a Punta de Choros, balneario afamado por ser el muelle favorito para los recorridos de la reserva nacional Pingüino de Humboldt, que comprende a tres islas: Damas, Choros y Chañaral. La navegación va hacia la isla Damas, en la que se puede bajar y efectuar pequeñas caminatas o admirar sus playas doradas con un mar que pareciera tropical pero, en realidad, es bien frío. La zona cuenta con una abundante fauna: la colonia más grande de pingüinos Humboldt, decenas de delfines, lobos de mar, nutrias marinas y esporádicas ballenas o cachalotes.

Otro de los puntos en los que te puedes quedar y que cuenta con alojamiento y alimentación, al igual que en Punta Choros, es en Chañaral de Aceituno, a medio camino entre La Serena y Vallenar. Esta pequeña caleta, parte de la provincia del Huasco, también ofrece navegaciones pero hacia la isla Chañaral con avistamiento de gran cantidad de aves y fauna marina incluyendo ballenas, pero esto mamíferos hacen espectáculo desde noviembre en adelante.

En tierra firme se puede apreciar mejor el Desierto Florido, sobre todo en las cercanías de la caleta y en otro sector cercano llamado Carrizalillo. Ahí es sentarse y observar. Ojo con no andar pisando las plantas. Sólo gente inconsciente anda pisando los milagros de la naturaleza.

Día 2

Inmersos en pleno desierto de Atacama, el segundo día del recorrido lleva desde Chañaral de Aceituno hasta el litoral cercano a la ciudad de Copiapó. Opciones hay varias: toda esta zona compuesta por secos valles y milagrosos ríos que en general son muy desérticos están reconvertidos en grandes y coloridos campos del verdadero y más verdadero Desierto Florido.

Los costados de la carretera Panamericana que enfila rumbo a Vallenar muestran la metamorfosis de su habitual sequedad en tonos ocres para cambiar en hectáreas de oasis, un vergel de flores que nos obliga a hacer un par de paradas para las fotografías de rigor y la observación de las plantas y sus colores amarillos, blancos, rojos, rosados o azules.

La gran estrella en este despertar del desierto es una flor llamada “Garra de León”, endémica y una de las más escasas y codiciadas para ver/fotografiar por los amantes de la naturaleza. Como su crecimiento es de los más tardíos dentro del desierto florido, septiembre es la época ideal para poder observarlas pero para ello hay que adentrarse en las quebradas de la región, lugar favorito para el crecimiento de esta planta rastrera.

Desde Vallenar hay dos alternativas: ir hacia el oeste en dirección al puerto de Huasco, bordeando el río homónimo por la carretera, pasando por la bella localidad de Freirina y con posibilidad de desvío a antiguos monumentos nacionales como las chimeneas de Labrar; o enfilar hacia el norte de Vallenar hasta el Boquerón de Chañar para luego ir rumbo a Canto de Agua y desde ahí, momentos más tarde, llegar al poblado litoral de Carrizal Bajo. Elegimos el segundo trayecto que conlleva una de las más grandes atracciones naturales de esta región: el cruce por el parque nacional Llanos de Challe.

Declarado como área protegida en 1994, cuenta con más de 45 mil hectáreas que, durante todo el año, cuenta con un tesoro vegetal de enorme importancia con más de 220 especies distintas y de las cuales el 90% son nativas de chile y 14 endémicas. Y todo ello se potencia más con las lluvias y las flores que surgen posteriormente. El lugar es un espectáculo que se complementa con el humedal de la laguna de Carrizal Bajo con importantes cantidades de aves como cisnes de cuello negro, flamencos, variadas especies de patos o taguas, además de pequeños reptiles y mamíferos que rondan entre las añañucas amarillas que se concentran en el área.

Por la carretera nos dirigimos hacia el sur, bordeando el parque nacional, para encontrar un módulo de copiapoas, cactus nativo del desierto desde el que despunta una bella flor amarilla. Pareciera haberse puesto de acuerdo el mundo para mostrar su mejor cara en esta latitud.

El día puede terminar, y lo recomendamos, acampando en el parque nacional, en el sector de Los Pozos, cada lugar cuenta con 20 litros de agua para consumo, mesa-banca, hornilla con parrilla y techo. Los sitios pueden ser ocupados hasta por 2 carpas, con capacidad máxima de 6 personas. La ducha tiene un valor de $ 800 y la noche por persona: $4000.

Levantarse al día siguiente, en medio de las flores, hace que todo esfuerzo valga la pena.

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